lunes, 15 de abril de 2013

EL HERMANAMIENTO ENTRE BEAS Y CLARINES.




ACTO DE CELEBRACIÓN DEL XIX ANIVERSARIO DEL HERMANAMIENTO ENTRE BEAS Y CLARINES.

Beas, 13 de abril de 2013.


Buenas noches de primavera, de despertar, de ilusiones renovadas a todos y a todas, clarinenses y beasinos. Gracias por dejarme compartir este día de celebración con vosotros.

Sin lugar a dudas esta es una noche de celebración para todos vosotros, entre los que yo me incluyo. Existe un motivo que nos ha reunido en torno a esta mesa, en este punto de encuentro. No es otro que el hermanamiento entre nuestro pueblo, Beas –mi pueblo, como a mí me gusta llamarlo-, y Clarines, en otra geografía, en otro ámbito, al otro lado del Océano, en Venezuela.

Hermanamiento es una palabra grande y hermosa, pero nueva. Es un concepto casi contemporáneo a nosotros mismos, nacido en la segunda mitad del siglo XX en Europa, pero que hunde sus raíces en el viejo concepto medieval de hermandad, aquel vínculo entre pueblos y concejos que unían esfuerzos para compartir algo en común, como el vínculo de los hermanos en una familia. Por lo tanto, hermanamiento es unión y es armonía entre dos. Hermanamiento es también un lazo espiritual. Y hermanamiento es, sin lugar a dudas, un vínculo entre dos comunidades, entre dos pueblos.

El hermanamiento de pueblos es un concepto por el cual algunos lugares de distintas zonas geográficas y políticas se emparejan, se unen, para fomentar el contacto humano y los enlaces culturales. Normalmente, como en este caso, los pueblos hermanados tienen algo en común, un referente, un nombre,…  que forma parte de sus tradiciones, de sus raíces, por muy diferentes que sean sus culturas.

La idea del hermanamiento entre pueblos y ciudades, como ya he dicho, surgió en Europa no hace tanto tiempo, fue poco después de la Segunda Guerra Mundial, con el objetivo de aportar a la población europea lazos de unión mayores y de promover proyectos comunes, en una época de reconstrucción, después de una gran guerra cargada, como todas, de odios y rivalidades.  Hoy en día este concepto se ha extendido por todos los continentes, dando lugar a algunos hermanamientos muy interesantes, que han facilitando el acercamiento entre culturas variadas y heterogéneas, como puede ser nuestro caso.

Preparando esta charla, quise conocer de los hermanamientos existentes entre municipios españoles y otros de distintas áreas geográficas y políticas. Para ello accedí a la página web de la Federación Española de Municipios y Provincias, donde aparece el listado de municipios españoles hermanados con otros, entre los que se incluyen los municipios hermanados con Latinoamérica. El listado es amplio, 124 municipios españoles están oficialmente hermanados con algún pueblo o ciudad de América Latina, de nuestra querida América. El que mayor número de ciudades hermanadas tiene al otro lado del océano es precisamente uno de nuestra provincia, Palos de la Frontera, por razones que parecen obvias. Se encuentra hermanado con seis ciudades americanas.

Curiosamente, en ese listado oficial no aparece Beas. Nadie se acordó en nuestro pueblo de comunicar oficialmente este hermanamiento. El próximo año, cuando nos volvamos a sentar en esta mesa, celebraremos veinte años de aquel primer encuentro. Ojalá que para entonces esta asignatura pendiente esté superada. Hagamos los deberes y superemos entre todos esta reválida.

Una de las características que define a los hermanamientos entre pueblos y ciudades es que no sólo los ayuntamientos han de tener un papel decisivo en los mismos. Lo tienen porque, entre otras cuestiones, es necesaria la aprobación en el pleno de un hermanamiento. Pero no sólo el ayuntamiento, el órgano político del municipio, debe implicarse en la tarea, sino que también es necesaria, y deseable, la aportación de los ciudadanos, de la sociedad civil, cuya contribución es vital para que un hermanamiento alcance sus objetivos y perdure en el tiempo.

Por ello esta asociación, la Asociación Río Unare, que no es nada más que un vehículo de articulación de los ciudadanos beasinos implicados en el hermanamiento, ha de jugar y realizar un papel central en esta hermandad. Debe demandar y ser escuchada. Debe exigir y a la vez contribuir. Debe cuidar, hacer crecer y encauzar la dinámica ciudadana creada en el vínculo de hermandad de 1994. Río Unare es un instrumento central en este lazo de hermandad. Es compromiso y es su memoria viva. Río Unare, y quienes la formáis, sus asociados, sois ciudadanía activa, la que está llamada a ser el motor de esta acción de hermandad creada hace diecinueve años. Nunca lo olvidéis, seguid cultivando la vela de luz que encendisteis hace casi dos décadas para que su llama nunca se apague, para que el hermanamiento no caiga en el olvido.

En este día de renovación de lazos de hermandad, en este día de encuentros, de compartir y de evocar,… son necesarias abrir puertas para colaborar, para comunicar, para participar, para cooperar,… hoy, más que nunca, son necesarias abrir las puertas del lugar que ha escenificado el encuentro entre Beas y Clarines, las puertas del espacio que ha reunido en estos años a muchas gentes de aquí y de allá. Las puertas de la casa que simboliza nuestra hermandad.

En definitiva este es un día de puertas abiertas para dar a conocer lo mejor de nosotros mismos, por eso desde este espacio de privilegio que hoy me brindáis, desde esta tribuna en la que puedo alzar mi voz, ruego, pido, solicito, reivindico, exijo, cualquier otro verbo que pueda aquí poner, que las viejas puertas traídas desde el otro lado del océano, que sirven de paso a la Casa Museo de Venezuela en nuestro pueblo, se vuelvan a abrir de par en par.

De par en par para que en su patio y en sus galerías vuelva a entrar la vida, la creación, la cooperación, el encuentro, la hermandad. No más puertas cerradas, no más olvido, no más lejanía. El símbolo más palpable de este hermanamiento no puede quedar por más tiempo en silencio, en la afonía. No puede quedar por más tiempo cubierto de polvo y enmohecido… abramos sus puertas, encontremos entre todos la llave que lo pueda sacar de su letargo, de su melancolía.

En estos momentos de tantas reivindicaciones sociales, no podía yo quedar aquí sin hacer las mías. Hago aquí estas reivindicaciones como puras reflexiones que quiero compartir con vosotros. Reflexiones con las que, como es lógico, se puede dialogar, compartir y sencillamente discrepar.

Dejemos atrás estas reflexiones. Volvamos a nuestro punto de partida: nuestro hermanamiento. Nos reunimos aquí 419 años y seis días después de la fundación de la ciudad de Ntra. Sra. de los Clarines a orillas del río Unare en la entonces llamada Nueva Andalucía, hoy parte de Venezuela. Sobre este hecho histórico poco más se puede decir que ya no conozcáis. La historia oficial ya ha escrito muchas páginas al respecto. A estas alturas creo que todos los presentes habéis oído hablar de Francisco de Vides y de los intereses económicos que le movieron a ser Gobernador de la Nueva Andalucía; también habréis oído hablar de la fundación de la ciudad de Clarines y de los intereses repobladores que tenía la corona española de Felipe II en la zona del Orinoco. La documentación oficial conservada en el Archivo de Indias o en el Archivo Histórico Nacional ha aportado muchos datos a este respecto.

Cuando se me propuso esta charla, pensé que poco nuevo se podía aportar a lo ya conocido. Pero, tratando de buscar nuevos datos, se despertó mi interés por los personajes secundarios de esta historia, los 286 acompañantes del Gobernador Vides. De entre todos ellos, me interesé por los más cercanos a nuestro pueblo, la familia beasina compuesta por Cristóbal Rodríguez Orihuela, María García y sus dos hijos de corta edad, Benito e Isabel. A ellos también le acompañaron otro paisano, Cristóbal Martín Vallés.

¿Qué se sabía de ellos? La respuesta es bien sencilla: poco o nada, más allá de sus nombres y apellidos y su lugar de procedencia. Pero yo quise ponerles una historia, una narración que me aclarase qué pudo motivar a varios beasinos en 1592 a embarcarse en una aventura a lo desconocido, a lo incierto, al no retorno. Dejando atrás todas sus referencias personales y modos de vida. Pero la historia oficial, la de los documentos de los archivos de la Corona nada cuentan al respecto. El único recurso que tenía para conocer algo de ellos era novelar sus vidas. Y a ello me puse.

Lo que os voy a presentar a continuación son sólo los primeros pasos de esta historia novelada, centrada en su personaje principal, Cristóbal, el cabeza de familia, el que toma la decisión de la partida. Los personajes que vais a conocer en este relato son todos reales, existieron en ese tiempo y en este lugar. Todo lo demás, es fruto de mi invención. Mi propósito, con este relato no es otro que acercaros a comprender la decisión que motivó a este beasino de poco más de treinta años a dejar para siempre su tierra atrás y partir rumbo a lo desconocido.

Esta historia pudo comenzar así…
 
Aquella tarde de finales de invierno de 1592, Cristóbal Rodríguez Orihuela, vecino del lugar de Beas, después de las tareas agrícolas que habitualmente realizaba, se encaminó, junto a su pequeño rebaño de ovejas, hasta el santuario de Clarines, distante media legua de la población, junto al arroyo que llamaban de El Naranjal, por los muchos huertos de naranjos que se cultivaban en sus riberas.

Una hora de caminata le llevó a las puertas de la ermita. Allí seguía el pequeño recinto sagrado, junto a los restos del castillo, aquel que sus abuelos le habían contado que era de tiempos de los moros, abandonado trescientos años atrás, casi por el mismo tiempo en que sus antepasados habían llegado hasta estas tierras que empezaban a ser conocidas como la Andalucía, procedentes del Reino de Murcia.

En aquel lugar comenzaban las tierras de montes y pastos de los campos comunales que se extendían por el este del pueblo  hasta los baldíos de la villa de Niebla. En esas dehesas era costumbre que, pasada la festividad de San Lucas, en el mes de octubre, pastasen los rebaños de ovejas hasta las fiestas de San Juan, al comienzo del verano, momento en el que empezaban a ser usadas por las piaras de cochinos, tal y como estaba estipulado en las ordenanzas que don Juan Manuel Pérez de Guzmán y Gómez de Silva, decimotercer señor de Sanlúcar, decimoprimer conde de Niebla y octavo duque de Medina Sidonia, su señor, había mandado redactar.

Desde la pequeña ermita Cristóbal contempló el paisaje, las tierras de labor, poco a poco, iban ganando terreno a las zonas de montes, que se veían menguados por la roturación constante de nuevas heredades, en las que se cultivaban vides y cereales, así como algunos olivares, pocos aún, pero su plantación estaba siendo estimulada por los condes de niebla, gracias a los buenos resultados que estos daban en otros territorios próximos, como eran las ricas tierras del Aljarafe, cercanas a la que se decía era la gran ciudad de Sevilla, que Cristóbal no conocía, pero que pronto iba a tener oportunidad de admirar.

Desde el altozano, la pequeña colina en la que se encontraban los restos de aquel castillo y el santuario, mirando hacia el poniente, más allá de los campos de cereales, podía alcanzar a ver aquel azulado horizonte, hasta querer ver el mar, un mar que sabía no estaba lejos, pero que él nunca había visto.

A sus 34 años, no conocía el mar, sólo había visto el puerto de San Juan, distante unas dos leguas al sur, en la orilla derecha del río Tinto, a donde, en alguna ocasión, había ido como arriero para llevar cargas de vinos de las bodegas de Beas o de Trigueros, caldos que ahora se empezaban a exportar, y cuya producción iba en aumento en los dominios del señor de Niebla.

Acostumbraba Cristóbal a sentarse al sol en el huerto que el santero de la ermita poseía en el lugar. Allí junto a la higuera centenaria, donde se decía había aparecido la imagen de la Virgen muchos años atrás, solía entablar conservación con el curtido hombre de letras que era el mayordomo, Gonzalo Núñez, allí retirado después de una larga vida de trabajos en distintas ciudades de castilla, y que ahora ejercía de humilde ermitaño. Gonzalo se había formado en la ciudad de Sevilla en las primeras décadas del siglo, donde había conocido a uno de los grandes hombres del conocimiento de la época, el humanista Benito Arias Montano, retirado como él a otro santuario, el de la peña de alájar, para dedicarse a estudiar la biblia. La formación humanista del mayordomo, conocedor de la historia, la lingüística, la filosofía y la teología, siempre despertaba el interés de Cristóbal, que, aunque era iletrado - no sabía leer ni escribir- era una persona de grandes inquietudes y deseoso siempre de adquirir nuevos conocimientos, por lo que siempre le resultaba placentero escuchar al ermitaño de la Virgen.

Aquella tarde solicitó a Gonzalo que le hablase del mar, del gran océano que desde allí casi se alcanzaba a adivinar. El viejo ermitaño, precisamente, le refirió que el mar y el lugar en el que estaban, la ermita de clarines,  guardaban una estrecha relación.

Pocos años atrás, hacia mediados de ese siglo, el XVI de la era cristiana, según creía recordar Gonzalo Núñez, desde el mar llegaron hasta el viejo santuario dos magníficos regalos, se trataban de dos piezas de altar labradas en plata, venidas de las indias, aquellas tierras míticas situadas al otro lado del océano. El ermitaño le invitó a entrar en la pequeña iglesia para mostrárselas. Al atravesar el dintel de la puerta, Cristóbal se estremeció al contemplar la luz del recinto sagrado. Los bajos rayos del sol de la tarde de invierno iluminaban cálidamente aquel espacio. La orientación de la ermita, con la puerta de acceso mirando hacia el poniente, y la capilla mayor alineada al este, hacían posible ese agradable juego de luces y sensaciones. Ante la Virgen, sobre un gran altar de raso carmesí, regalado por la condesa de Niebla, estaban las dos piezas plateadas venidas desde el mar océano. Eran la ofrenda de uno de los muchos vecinos de la comarca, que habían hecho fortuna en las nuevas tierras.

Precisamente el santero, guardaba con celo todos los inventarios relativos a los bienes de la ermita, en donde anotaba los nombres de los donantes, describía las piezas regaladas, e indicaba su procedencia. Esa era la tarea a la que se dedicaba en los que, intuía, podían ser los últimos años de su vida.

 No eran estos los únicos elementos venidos desde las tierras ahora descubiertas. En la pequeña hornacina donde se cobijaba la virgen con su Niño en brazos, dándole el pecho, el pastor pudo contemplar el manto de plumas verdes que la imagen llevaba. Le pareció magnífico por sus formas extrañas y por ese color tan brillante, acentuado por la luz del sol al atardecer. Gonzalo le refirió que la pieza estaba confeccionada con las plumas alargadas de una extraña ave, que en aquellas tierras lejanas llamaban quetzal, nombre que, precisamente, significaba “cola larga de plumas brillantes”, el cual había sido usado por uno de los muchos reyes que mandaban en aquellas tierras antes de la llegada de los castellanos. Era el obsequio de una persona que había participado en la conquista de una tierra que llamaban “el lugar de los muchos árboles”, o lo que es lo mismo, Guatemala, junto con un conquistador de carácter enérgico y cruel, muy sanguinario, llamado Pedro de Alvarado.

“Manto de reyes para una reina”, pensó Cristóbal. Hasta ahora él nunca se había fijado en esos objetos tan ricos y bonitos venidos desde el otro lado del mar, desde unas tierras que estaban aportando grandes riquezas a la corona de Castilla y a todo aquel que hasta ellas se trasladaba.

El mayordomo siguió mostrando otros objetos. Le llevó a contemplar aperos de viejos barcos y huesos de animales marinos. Le refirió a nuestro pastor que a la Virgen se la consideraba especial protectora y abogada de los navegantes. Incluso le relató que algunos de los barcos que cruzaban los mares tenían por nombre el propio de la virgen, cuestión que conocía por las cartas recientes, recibidas de viejos conocidos que trabajaban en la casa de la Contratación de las Indias de Sevilla.

Cristóbal quedó impresionado por aquellos enormes huesos que eran de un gran animal marino llamado ballena. Se decía que eran cazadas por los vascos y cántabros en las aguas de los mares del norte de Castilla, y habían sido depositados en la ermita como ofrenda de agradecimiento a la Virgen ante alguna penalidad acontecida en el mar, sin que Gonzalo pudiese precisar de qué se había tratado, pues estaban en el santuario desde muchos años antes de que él hubiese iniciado su labor de ermitaño.

  En medio de tanto descubrimiento, el recinto sagrado se fue oscureciendo. Caía la tarde y la conversación se había prolongado más de lo esperado. Al desaparecer el sol por el horizonte, el frío se hizo más intenso. Una ligera bruma se apoderó del espacio. Gonzalo le indicó que ese fenómeno no era extraño en el lugar, solía ocurrir, precisamente, cuando algún marinero llegaba hasta él con alguna ofrenda para la Virgen. Aquel ambiente, con la luz tenue del atardecer, tenía algo de mágico para Cristóbal.

No era hora de volver hasta Beas, y Cristóbal fue invitado a la pequeña estancia que, junto al santuario, era el hogar del mayordomo. Primero guardó sus ovejas en el corral construido entre los restos del viejo castillo. Luego, al calor de la chimenea, el ermitaño siguió relatando viejas historias a nuestro protagonista, invitándole a cenar algo de vino, pan y queso, así como algunos pescados en salazón que cada vez eran más frecuentes en las dietas de los vecinos del lugar. Le habló del hallazgo de la Virgen por un pastor, leyenda que Cristóbal ya conocía, y también le conversó acerca de lo que la imagen de la Virgen representaba, relato que para nuestro pastor fue todo un descubrimiento. Le dijo que era una Virgen que llamaban del Reposo, aunque  también se le conocía a este tipo de imágenes que dan de comer al Niño, como Virgen de la Leche o de la Gruta de la Leche, en recuerdo al lugar que se decía la Virgen usó en Belén para amamantar a su hijo.

Luego entró en otros detalles que fueron más difíciles de entender para Cristóbal. En los últimos años muchos sacerdotes, especialmente los que habían participado en un concilio de la iglesia celebrado hacía unos treinta años en la ciudad de Trento, en Italia, querían evitar que este tipo de imágenes de la Virgen pudiesen seguir siendo representadas, porque no eran adecuadas para la moral de la iglesia. Por ello, en los últimos años, algunas imágenes de la Virgen amamantando a su hijo habían sido repintadas para evitar, precisamente, que su pecho blanco pudiese ser contemplado por los fieles. Él temía que, algún día eso pudiese ocurrirle a la talla de Clarines, entre otras cosas porque el padre Juan de Arroyo, el párroco de San Bartolomé, llegado pocos años atrás a Beas, era partidario de aplicar las nuevas normas de la iglesia emanadas de Trento.

La conversación se iba a dilatar mucho aquella fría noche de invierno. El ermitaño, acostumbrado a la soledad, agradecía enormemente la presencia en su hogar de personas que pudiesen darle conversación y compañía. Gonzalo, que se había percatado de la curiosidad de Cristóbal, comenzó a hablar de aquellas tierras que tanta prosperidad otorgaban a quienes se decidían a ir hasta allí en busca de fortuna o mejores medios de vida. Se decía que existían montañas tan altas como nunca antes vistas, ríos que parecen mares, terrenos con tantos árboles que no tienen fin... Le habló de grandes ciudades, algunas tan bonitas como la Venecia europea. Le habló de mezquitas, pirámides y otros templos extraños; de reyes cargados de oro, plata y objetos preciosos, como los que él acababa de contemplar en la ermita,… y la imaginación de Cristóbal, a cada nueva referencia, no hacía más que despertarse y desbordarse.

Y entre tanta descripción, en un momento dado, se refirió a un nuevo viaje que se estaba preparando hacia esos dominios. Una expedición que debía partir más allá del mar en los próximos meses y para la cual se buscaban personas dispuestas a dejar su tierra para adentrarse en una aventura que, sin dudas, le habrían de traer prosperidad. Se escrutaban especialmente hombres casados, como Cristóbal, que quisiesen partir para el otro lado del océano junto con sus familias, que supiesen labrar la tierra y cuidar del ganado, como él lo hacía habitualmente, pues se pretendía poblar un amplio territorio que se llamaba, precisamente como este, Andalucía, Nueva Andalucía, una tierra nueva y rica que sería entregada a todo el que hasta allí se desplazase para poblarla.

Nuestro pastor, aunque no conocía de leyes, sabía que era costumbre que este tipo de empresas se dieran a conocer en los pueblos mediante el toque de instrumentos o la voz del pregonero. Él no había escuchado nada al respecto. Entonces Gonzalo le relató que esa expedición, aún no anunciada, iba a ser preparada por un vecino del pueblo de trigueros, un gobernador de aquellas tierras, llamado Francisco de Vides, que en esos momentos se encontraba en la corte de Felipe II, en Madrid, tratando de resolver todo ese asunto y otros pendientes que tenía ante el Real y Supremo Consejo de Indias. Le contó Gonzalo que Vides había llegado de las Indias el año anterior, y antes de partir para Madrid, había visitado, como era costumbre en él, el santuario, pues sentía gran devoción por la Virgen, como otros muchos triguereños, y que en esa visita a la ermita, le había comentado cuáles eran sus planes, y además, había mandado realizar a uno de los alfareros del pueblo una imagen de la Señora para llevarla con él hasta el otro lado del océano.

El mayordomo también le habló a Cristóbal de el Dorado, una tierra fabulosa, donde un rey solía bañarse en polvo de oro, por lo abundante de este metal en sus dominios. Ese rey había sido visto cerca de los dominios del gobernador Vides y, con toda probabilidad, pronto serían descubiertos y poblados sus territorios, que se creían estaban cerca de un gran rio, el más grande nunca visto que llamaban del Orinoco.

Aquella fue una noche corta para nuestros amigos, entre plática y plática, apenas durmieron. De mañana Cristóbal marchó bien temprano para el pueblo. El día no era tan frío como el anterior, e incluso parecía que, a estas alturas de comienzos de marzo, la primavera llegaba apresurada, o al menos así lo percibió nuestro protagonista. Muchas imágenes fueron pasando por su mente en el camino: las riquezas de las Indias, el Dorado, el mar, el gobernador… entró en el pueblo, como de costumbre, parándose a rezar en la ermita de San Sebastián, el santo protector ante la peste, cuya capilla, situada junto al calvario, estaba a la entrada de la población, para que protegiese a sus habitantes de esa terrible enfermedad. Luego, por el camino de San Sebastián, llegó hasta su hogar, situado en Los Corrales, el callejón trasero a una de las calles donde vivían los vecinos de mejor posición social del pueblo, la calle de Mojarro, situada junto a la plaza.

Su mujer, María García, le esperaba. Cuidaba de sus hijos pequeños, Benito e Isabel que aún dormían, y, aunque asustada, estaba acostumbrada a que Cristóbal, en ocasiones, no regresase a casa, sobre todo cuando llevaba a sus ovejas a pastar a los campos de Clarines. Ella siempre le decía que el viejo ermitaño fantaseaba con sus historias, pero Gonzalo nunca reparaba en esos comentarios. Le vio llegar casado pero con ojos despiertos, ilusionantes, imaginó que alguna de esas historietas habían levantado los ánimos de su esposo, con el llevaba casado hacía apenas ocho años.


Y aquí voy a detener mi relato, aunque sea bruscamente.  Ese relato seguirá en algún momento, con la conversación entre los esposos y la toma de la decisión de la partida. A ella seguirá la despedida de sus antepasados en Santa María de Gracia, donde están enterrados.  Y, a continuación todo lo nuevo para ellos: el camino hacia la impresionante ciudad de Sevilla, la contemplación del mar por vez primera en Sanlúcar de Barrameda, las vicisitudes de la travesía del océano,  las no menos dificultades encontradas a la llegada, la fundación de la ciudad, el reparto de tierras, la construcción de su nueva casa, el encuentro con los nativos, las rivalidades políticas entre los cabecillas de la expedición y sus consecuencias… en fin todo aquello que les pudo acontecer en sus nuevas vidas al otro lado del océano.

Pero eso será momento para otro relato, quizás cuando celebremos dentro de un año el vigésimo aniversario del encuentro entre beasinos y clarinenses, cuatrocientos años después de que todo esto comenzase.

Buenas noches y muchas gracias por vuestra atención. Disfrutemos ahora de esta estupenda velada que no ha hecho nada más que comenzar y bridemos por una hermandad entre nuestros pueblos que perdure mucho en el tiempo.
 







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