lunes, 24 de junio de 2013

CON EL ALCALDE HEMOS TOPADO, AMIGO SANCHO



Uno de los más conocidos tópicos españoles es la expresión: “con la iglesia hemos topado”. La frase en cuestión no es una cita literal, como se suele afirmar, de la universal novela Don Quijote de La Mancha, sino una derivación de ella, pues en el dicho popular se cambió la palabra "dado” por "topado", añadiéndose la coletilla “amigo Sancho". Me van a permitir hacer una nueva adaptación del original cervantino para encabezar este artículo: “con el alcalde hemos topado, amigo Sancho”, para analizar lo sucedido en Beas en estos días pasados.

            Tal y como reflejó este mismo periódico (Huelva Información) en sus páginas, el pasado 21 de mayo de 2013 el equipo de gobierno, encabezado por el Alcalde, Guillermo Rivera Rosario, decidió destruir parte de una obra dedicada al Quijote, instalada en la Plaza de España. El Ayuntamiento calificó esta actuación como un “traslado”, justificado por "la insistencia de muchos beasinos de retirar la obra para que la plaza recobrara su estructura urbanística".  Desde mi opinión con esta actuación ni se ha realizado un traslado de la obra, ni esa acción responde a un sentimiento popular, ni se ha querido recuperar la estructura tradicional de la plaza, como voy a tratar de argumentar. 

            La obra Don Quijote y Sancho Panza fue realizada por el artista holandés, afincado en Venezuela, Cornelis Zitman. Se trataba de una instalación con la que se pretendía crear una experiencia visual y conceptual en el corazón beasino, la Plaza de España, ante los muros blancos de la iglesia del pueblo. Como en otras muchas instalaciones artísticas, el paisaje en el que se ubicaba la obra formaba parte integrante e interactuaba con ella. Como elementos físicos constaba de dos partes fundamentales, por un lado, las esculturas de Quijote y Sancho, realizadas en acero al carbono de  superficie lisa y tintada en negro (las piezas ahora reubicadas en otro lugar); por otro lado, su base, construida con ladrillo de adobe, granito y piedra, tratados con un mortero de cal coloreado (las piezas destruidas), que simbolizaban la hermandad entre Clarines (Venezuela) y Beas, a través de los modos de construcción empleados tradicionalmente en ambos pueblos. Además, la obra, poseía otros elementos de carácter conceptual relacionados con el espacio que ocupaban: las esculturas de los dos personajes literarios presentaban poco volumen, y destacaban por sus perfiles planos, fueron así ideadas por Zitman inspirándose en el popular Toro de Osborne. A Cornelis le llamaba la atención en sus viajes por Andalucía la silueta de este astado recortada en las lomas de los campos de cereales y olivos, por esta razón quiso que la silueta de su Quijote, de color negro como el toro, se recortarse también sobre un fondo destacado, eligiendo para ello, los muros blancos de la iglesia de Beas. Este emplazamiento respondía, además, a la conocida frase que el hidalgo manchego dijo a su fiel escudero, y con la que he iniciado este artículo: “con la iglesia hemos dado, Sancho”, de ahí que fuese instalada la obra ante los muros de la parroquia de Beas (los elementos ahora incomprendidos y descontextualizados).
Boceto realizado por el autor en el proyecto de instalación

            Por tanto, no se puede hablar de “traslado” de la obra, como afirma el alcalde Rivera, y sí, de destrucción, incomprensión o mutilación, como he indicado en este artículo, pues con esta acción no se han tenido en cuenta las características espaciales y conceptuales que Zitman barajó en su creación artística. No se puede proceder al “traslado” de una obra de arte, como se hace con un banco o una farola, una obra de arte es más que un mobiliario urbano.

            Esta forma de proceder por parte del Ayuntamiento ni siquiera ha contado con un informe en el que se justifique desde un punto de vista técnico ese “traslado”. Se decía en la información aparecida en Huelva Información, que se procedía al “traslado” de la obra para que la plaza de España “recobrara su estructura urbanística". Este podría haber sido un argumento para justificar ese “traslado”, al entender que obras de arte contemporáneo, que suelen transgredir las normas estéticas tradicionales, pudiesen entrar en conflicto con la estructura urbanística de la plaza, de carácter más tradicional. Pero creo, una vez más, que esa decisión política no responde a esta lógica, por dos razones. En primer lugar porque conozco la personalidad de Guillermo Rivera, el alcalde, un beasino muy vinculado al mundo de la cultura, en donde ha apostado por la trasgresión como creación en muchas ocasiones. Por tanto, me cuesta entender que la agresión al arte contemporáneo sea una manifestación de lucha interna entre lo nuevo y lo tradicional en la persona de Guillermo Rivera. Por otro lado, es difícilmente comprensible que se hable de recuperar la estructura de la plaza de España, cuando cada verano se otorga licencia para instalar en ella un quiosco de materiales plásticos modernos, de color azul playero, con soportes publicitarios, y con un mayor volumen que la obra destruida de Cornelis Zitman. El cual, además, se instala delante de los muros de la parroquia de San Bartolomé, el principal monumento de la localidad, sin tener en cuenta ninguna norma relativa a la protección del entorno de los bienes culturales. En este mismo sentido se puede recordar que para las Capeas de San Bartolomé o para el Belén Viviente, las calles del casco histórico de Beas se adornan con guirnaldas de materiales plásticos reciclados modernos y el Ayuntamiento otorga licencia para su instalación, sin que se valore sin son adecuadas o no para ser colocadas en la estructura urbana tradicional del pueblo.
La obra, ahora destruida.

            De igual modo en ese expediente, si es que existe, tampoco aparecerá la petición popular que según el alcalde obligaba a esta actuación. Puedo entender que un sector de la población beasina no comprenda la obra, como sucede con muchas de carácter contemporáneo. Pero, en este caso, nadie, ningún vecino del pueblo, ha presentado un escrito o petición en el Ayuntamiento solicitando ese “traslado”.

            No es de extrañar que ante este modo de proceder tan arbitrario, opaco, y carente de comprensión, Cornelis Zitman haya manifestado su descontento y su asombro, por lo que califica de “destrucción de su creación”. Además ha exigido al Ayuntamiento la entrega de los elementos metálicos que han resistido al desmantelamiento del conjunto. Por cierto, de esta obra existen otras versiones, realizadas en diferentes materiales y tamaños, en otros muchos lugares del mundo, entre ellas una en la propia ciudad de Huelva, ubicada en el Campus de El Carmen.

            En fin, este procedimiento es sólo una actuación unilateral de la alcaldía y su equipo de gobierno. De nuevo se procede, de manera arbitraria y autoritaria, a eliminar un elemento ornamental del conjunto urbano del pueblo, como ya se hizo en febrero pasado, y que tuve oportunidad de denunciar en este mismo periódico (18 de febrero de 2013). De igual modo, todo parece indicar que estas arbitrariedades se seguirán cometiendo. Me atrevería, incluso, a pronosticar cuáles serán las siguientes supresiones: la fuente y zona ajardinada de la calle Fontanilla, o la rotonda con piedras de molino de la avenida de Andalucía. Es decir, el hilo conductor de estos procedimientos es el mismo: acabar con todo aquellos elementos de embellecimiento público instalados por los anteriores responsables municipales. Y se hace “porque lo digo yo”, una óptica de administración pública y de decisión política muy democrática y acorde con las demandas de transparencia e información que cada vez más demandados los ciudadanos. Por eso tengo que expresar, una vez más, mi indignación, y exclamar que desde estas páginas “con el alcalde hemos topado, amigo Sancho”.
  
Artículo publicado en "Huelva Información". Domingo, 16 de junio de 2013.